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REPORTAJE

En un pedazo de una
prisión española es posible cambiar de vida y dar un primer
paso hacia la reinserción. En la Unidad Terapéutica de
Villabona (Asturias), 300 presos luchan por salir adelante
apoyados por 60 funcionarios voluntarios. Setenta y dos
horas en esta cárcel libre de droga y violencia.
JESÚS RODRÍGUEZ
Hace unos meses, un funcionario de prisiones se encontró
durante una visita a la penitenciaría de Villabona
(Asturias) con un viejo conocido: David Castillo, el preso
canario que le agredió en 2002 a punta de cuchillo. David
tiene 28 años. Lleva encerrado, con breves periodos de
libertad, desde los 18. “Entré en prisión por robar unos
tenis”. Ahí empezó su ascensión. La cárcel ha sido su
escuela de delincuencia. “Al poco tiempo sabía abrir coches
y reventar cajas fuertes”. Comenzó a traficar con heroína.
Él no consumía. Sólo apretaba las tuercas. Un tipo duro.
Respetado. Inteligente. Un kie (líder carcelario). Inquilino
habitual de las celdas de aislamiento.
Un día de 2003, David llegó a Villabona desde la prisión de
Cádiz. Era su última oportunidad. En el penal de El Puerto,
la muerte le aguardaba en cada esquina. “Pedí el traslado
con la idea de fugarme. Cuando llegué al módulo 2, lo
primero que vi fue una pecera con peces de colores. Aquello
ya me descolocó. Y me vinieron a recibir cinco internos, dos
chicos y tres chavalas. Y me cachearon por si llevaba droga.
No entendía nada. Sobre todo, los peces. Porque en la cárcel
no hay peces. Me dijeron que probara. No tenía nada que
perder. Y me quedé”.
David intuyó un leve resquicio en este módulo 2. Comenzó a
repasar su vida. A fuego lento. Primero tuvo que romper su
armadura de presidiario. Su afianzada imagen de matón
patibulario: “Aquí no me valía de nada; nadie me iba a
atacar”. Tenía que aprender a confiar en los demás. “Y de
pronto despiertas de un sueño muy largo y te das cuenta de
lo que ha sido tu vida; te destroza ver en qué te has
convertido. Las pasas putas. No es un camino de rosas. Pero
también descubres que todavía tienes una posibilidad y que
hay gente dispuesta a ayudarte”. David Castillo sabe que
tiene un largo camino que recorrer. “Soy un fracasado que
debe aprender a vivir de nuevo. Pero estoy más feliz que
nunca”.
Por eso, cuando aquella mañana su mirada se cruzó en
Villabona con la del funcionario de prisiones que estuvo a
punto de apuñalar tres años antes, se acercó y le dijo con
su cara de buen chico: “Lo siento”. Y se fundieron en un
abrazo.

Carl Bernstein, uno de los reporteros que investigaron el
asunto Watergate, suele decir que los periodistas siempre
creen que son ellos los que dominan las historias, cuando,
en realidad, las historias siempre terminan dominando a los
periodistas. Esa tesis podría aplicarse a este reportaje
sobre la Unidad Terapéutica y Educativa (UTE) de la cárcel
de Villabona, un micromundo formado por 300 internos, 30 de
ellos mujeres, y 60 funcionarios y funcionarias. Según
relata un amplio dossier (remitido por los responsables de
la cárcel antes de iniciar este viaje a Asturias), la UTE es
un proyecto que nació hace más de diez años con el objetivo
de crear en el corazón de esta prisión un espacio libre de
drogas y de la terrible cultura carcelaria. Un lugar,
cogestionado por presos y carceleros, donde un interno, con
esfuerzo y disciplina (mucho esfuerzo y mucha disciplina),
pudiera abandonar su adicción y encontrar una salida. Un
primer paso en el camino de la reinserción.
Eso, sobre el papel. Porque cuando uno por fin atraviesa las
sombrías puertas blindadas de esta prisión asturiana,
entrega su carné y su móvil, cruza los mugrientos
locutorios, asciende por sus interminables y desnudos
corredores, y se planta, con cierto desasosiego, ante la
puerta enrejada que da acceso al módulo 2, no las tiene
todas consigo. “Esto es la cárcel. Los que están aquí,
seguramente se lo merecen. ¿A quién le importa lo que pase
aquí dentro? Lo más seguro es que esta unidad sea un
experimento de salón; apto para unos pocos y teledirigidos
presos de confianza. En la cárcel es imposible cambiar. Y
Villabona no tiene por qué ser una excepción”. Esas ideas
cruzan la mente como relámpagos en el umbral de la UTE.
Quizá sea el miedo. Porque la cárcel da mucho miedo.
Pero cuando diez minutos más tarde te dejan solo
(completamente solo) con 40 internas e internos… Que no son
hermanas de la caridad, sino yonquis, atracadores,
narcotraficantes; gente con delitos de sangre; algunos con
20 años de cárcel sobre sus hombros. Gente machacada. Con
pasado y sin futuro. Que han visto acuchillar “por una pava
de cigarrillo”. Que han contemplado “a los internos a la
puerta de los retretes aguardando para chutarse con la misma
jeringuilla”. Lázaro, en la cárcel desde 1983; Santi,
politoxicómano desde chaval; Carlos, un narco que dio con
los huesos en la cárcel junto a su mujer; Pablo, que ya
entró en el reformatorio a los 16; Vanessa, prostituta y
traficante a la que nunca nadie quiso; Baltasar, que
coincidió aquí con sus dos hermanas, también traficantes. Y
así una historia tras otra.
Y ninguno oculta nada. Y todos hablan con franqueza, con un
discurso bien elaborado. Sin interrumpirse. Asumiendo su
pasado, sus errores y adicciones. Y descubren sus inmensas y
contagiosas ganas de salir adelante, de comenzar de nuevo. Y
repiten las palabras respeto, cariño, amistad, disciplina,
educación, civismo. Y se besan y se abrazan, “algo que nos
parecía de maricas”. Y también hay críticas a la sociedad:
“Cerráis la puerta y os olvidáis de nosotros”. Y al
periodista: “¿Le extraña que convivamos con mujeres? ¿Qué se
ha creído? Nosotros también tuvimos una pandilla, una novia.
No somos monstruos”. Y por fin, después de unas horas de
conversación, cuando las lágrimas acuden a sus ojos y a los
tuyos, comprendes que la historia ha empezado a dominarte.
Y cuando unas horas más tarde compartes esas mismas viejas
sillas de plástico con los otros protagonistas de esta
historia, los funcionarios y funcionarias: Roberto, Juan,
Esteban, José Luis, Manolo, Juan Luis, Chema, Jazmín; lejos
del siniestro tópico del carcelero; que hablan con ilusión
de su trabajo; que opinan que es posible reinsertar a esta
gente; que si un interno cae, lo sienten como un fracaso
propio, y cuando uno de sus presos ha quebrantado la
condena, han salido a buscarle a la calle; que afirman que
su vida ha cambiado en esta unidad, entonces Villabona te
engancha un poco más.
Como enganchó a estos profesionales. Ninguno es vocacional.
La cárcel fue una salida laboral. Muchos no creían en la
reinserción. Eran tan duros como los internos. Siempre ha
sido así. Depresiones, suicidios, 1.000 agredidos por los
presos en los últimos años en las cárceles de España. Gente
machacada dentro y fuera de estos muros.
“Hemos evolucionado al mismo ritmo que los internos”, dicen.
“El primer proceso mental es aprender a confiar en ellos; si
no confías, nunca confiarán en ti”. “Aquí te terminas
enfrentando a ti mismo, te haces tu propia terapia. No
puedes hablarles de respeto, colaboración, diálogo, amor,
honestidad…, y no aplicártelo”.
–¿Qué relación se establece? ¿Son guardianes, terapeutas,
compañeros?
–Es difícil definirlo. Podemos ser hasta amigos. Aquí nos
olvidamos del sitio que tenemos asignado cada uno. Cuando
eres tutor de un grupo de 15 personas llegas a tener tanta
información de ellos (han salido abusos infantiles que
sufrieron de niños y nunca habían compartido con nadie) que
ya no sabes lo que eres. Dejas de tener un horario de ocho a
tres y te llevas el problema a casa. Y esto te hace ser más
positivo. Y más vulnerable.
En mitad de esta conversación, un preso nos urge a salir al
patio. “Van a ver algo que no encontrarán en ninguna otra
cárcel”. Un interno y un funcionario comparten sol, banco y
charla. Son altos, delgados y de la misma generación. Hay
una sonrisa cómplice en su rostro.
Entrar a formar parte de la Unidad Terapéutica y Educativa
de Villabona supone, para presos y carceleros, renunciar a
sus clásicos papeles. Romper. La palabra que aquí más se
repite. Cuando un interno cruza el umbral de este módulo se
convierte en un indeseable a los ojos del resto de los
inquilinos de la cárcel. Aunque antes haya sido un primer
grado, ahora es una vulgar perrilla, una chivata. “Un amigo
de los guardias”. Pedro el Vaca, un antiguo kie que ya ha
cumplido condena, recuerda el día que decomisó un chino de
heroína a un recién llegado al módulo. “El muchacho no daba
crédito. Pensaba que me había vuelto majara. ‘Vaca, ¿pero
qué te han hecho?’, me dijo. ‘Ya no puedes salir a otro
módulo. Te matan”.
Los funcionarios no corren mejor suerte entre su colectivo:
“Hay muchos compañeros que no entienden nuestro trabajo.
Creen que a un preso no le puedes dar la mano. Que sólo
sirve para que pierdas autoridad”. “Algunos nos ven como una
secta; nos llaman el lado oscuro y el grupo rosa”. “Hay
compañeros que llevan nueve años sin hablarme”.
No es el caso del nuevo director de esta prisión, José
Carlos Díez de la Varga, un tipo grande y entrañable, en
sintonía con el proyecto de la UTE: “En la cárcel, los
milagros no están previstos. No entran por una puerta por
delinquir y salen por la otra como ciudadanos intachables.
Hay que intervenir en su vida y en el espacio en el que
viven. La reincidencia tiene mucho que ver con el trabajo
que hagamos aquí. Y si no tratas el problema que les ha
traído, saldrán resentidos. Y volverán. Yo estoy aquí única
y exclusivamente para impulsar esta unidad. Para tirar del
carro. Y que no vuelvan”.
Algo que hasta ahora no ha logrado nuestro sistema
penitenciario. Según datos del sindicato de prisiones,
Acaip, de los más de 60.000 presos que hay en España, un 60%
es reincidente.
Aún hay una última prueba de fuego antes de quedar rendido
ante el trabajo de la unidad. Comparar. ¿Cómo es un módulo
normal de esta misma cárcel? Mejor dicho, ¿cómo es la
cárcel? Porque lo que hemos visto hasta ahora, los tres
módulos (1, 2 y 4) que constituyen la Unidad Terapéutica y
Educativa, recuerdan a un colegio mayor. Gente joven en
continuo movimiento, chicas que vienen de hacer aeróbic,
internos que se reparten por los distintos talleres. Que van
al huerto, a la escuela, a las reuniones de los grupos. No
hay barreras físicas entre los presos y los funcionarios. El
cuarto de los vigilantes, en otros módulos atrincherado tras
cristales blindados, está abierto. La única separación entre
hombres y mujeres es a la hora de dormir.
Las instalaciones son elementales, pero acogedoras. Todo
está limpio. No hay una colilla. El que tire algo al suelo
se puede llevar un chorreo de sus compañeros. La higiene es
norma básica. Por contrato están obligados a ducharse y
lavar la ropa interior a diario; si no, se exponen a que les
pongan de guarros en una reunión de su grupo. O a que
Jazmín, una de las funcionarias más combativas, les lleve de
la oreja a la ducha.
Los barrotes, pintados de colores y adornados con macetas;
los bancos, barnizados e impecables. Hay muebles y cuadros
hechos por los presos. El patio –que Lázaro Blanco, de 43
años, desde los 20 en prisión, define como “la esencia de la
cárcel; ahí no entra nadie, no entran ni los funcionarios;
ahí gobiernan las mafias”–, aquí está reluciente y con
flores. A última hora de la tarde, a la hora del recuento,
aquí se canta el Feliz en tu día a los presos que cumplen
años y se guarda un minuto de silencio cuando muere un
familiar.
Hay tan buen rollo que uno tiene que esforzarse en recordar
que esto no es la Ciudad de los Muchachos. Y para eso hay
que adentrarse en las celdas. Aseadas, dignas…, pero celdas.
Estrechas, oscuras, sofocantes. Que cada noche se cierran
con un estruendo metálico. Dejando al interno a solas con su
condena. No se equivoquen, esto es la cárcel.
Pero hay una cárcel mucho peor. Y está a unos metros. En el
módulo 7, uno se sumerge en la cárcel de verdad. Nada más
entrar se tiene la sensación de que aquí, de pronto, se ha
puesto el sol. Los funcionarios permanecen aislados en su
burbuja blindada. Todo tiene un tono ceniciento. Escoltados
por dos fornidos profesionales, que no paran de mirar por el
rabillo del ojo mientras repiten: “No os preocupéis, que no
pasa nada”, recorremos un espacio gemelo a la UTE, pero
denso, descuidado, sucio. La atmósfera es asfixiante por los
cigarrillos; el suelo está sembrado de colillas y vasos de
plástico; las alambradas, cubiertas de porquería. No hay
muebles. Ni talleres. Ni nada susceptible de convertirse en
un arma. En todas las esquinas se juega a las cartas. “En el
baño, mejor que no entre”.
Lo que más impresiona es la expresión de la gente. Miradas
de desconfianza y desprecio. Es su territorio. Aquí no
pintamos nada. Miradas empañadas por la droga. Entre los
funcionarios, se baraja la cifra de un 80% de internos con
toxicomanías en las cárceles españolas. Más del 70% de los
delitos contra la propiedad son consecuencia de esas
toxicomanías. La cárcel, que empezó siendo el imperio de la
heroína, ha mutado hoy al terreno de la coca, las pastillas
y la quetamina. Hay una nueva generación de presos. Sea cual
sea, aquí la droga es la trampa. La que alimenta a las
mafias. La que da poder. Por ella se muere y se mata. Un
funcionario hace una seña a un interno: “Oye, chaval, ¿aquí
hay droga?”. El preso, amarillento, muy colocado, responde
babeante: “Nada de nada, señor”.
Ésta es la cárcel que se propusieron eliminar por su cuenta
y riesgo hace 25 años dos funcionarios novatos: Begoña
Longoria y Faustino García Zapico. La UTE de Villabona es
obra de ellos. Una década de trabajo. Hoy tienen 50 años. Y
siguen luchando.
Tino Zapico siempre quiso hacer la revolución. Primero fue
la lucha contra el franquismo; más tarde, la militancia en
el movimiento obrero. En 1980 ingresó en el Cuerpo de
Prisiones. Fue destinado a la cárcel Modelo de Barcelona. En
aquella prisión, donde los presos vivían mezclados y
hacinados y en la que la democracia nunca traspasó sus
muros, conoció a Begoña, asturiana como él. Comenzaron a
trabajar con menores. Asistieron al nacimiento de un nuevo
perfil de preso: el toxicómano. “A finales de los setenta,
la droga se convirtió en la gran dinamizadora de la
subcultura carcelaria. Nos hartamos de ver a chicos con
menos de 20 años chutándose en el patio; tirados, enfermos,
sin salida. Y a las mafias organizando la introducción, la
distribución y la extorsión de la droga”. Begoña y Tino se
propusieron crear algún día una alternativa a esa cloaca.
“Y pasaba por acabar con la droga. Para eso necesitábamos un
espacio aislado del resto. Tú puedes trabajar con un
interno, educarle y obtener resultados; pero cuando te vas a
casa, si le dejas en un módulo repleto de mafia y heroína,
vuelve a caer. Si intervienes en el individuo y no
intervienes en el medio, no sirve de nada. Nuestra idea era
disponer de un espacio propio y que fueran los internos los
que lucharan para que no entrara la droga. Era su espacio. Y
si ellos no lo defendían, nuestra apuesta no tendría
sentido”.
Tino y Begoña tuvieron su ocasión en 1993, cuando fueron
destinados a la recién construida cárcel de Villabona. Allí,
en el módulo 2, sin ayuda oficial ni especialistas, fueron
creando el modelo de cárcel que habían soñado. En el que
podrían ejecutar su tratamiento. Pocos creían en ellos. Ni
la dirección, ni sus propios compañeros. “Tocábamos los
cojones con nuestros planteamientos, pero nos dejaban
hacer”. “El secreto era implicar a los internos. Sabíamos
que sólo funcionaría si se responsabilizaban, si denunciaban
al que metiera droga. La clave era que cogestionáramos el
módulo”. Empezaron con 60 internos. Se les unió Roberto, un
funcionario grande en todos los sentidos. Pronto, 18
vigilantes voluntarios más. Y los maestros, con Nacho al
frente, dispuesto a construir su “escuela de vida”. Hoy,
Faustino Zapico afirma que un 25% de los presos que han
pasado por la UTE está reinsertado y un 70% no ha
reincidido. “Y gracias a la Fiscalía Antidroga de Asturias
hemos logrado que se reduzcan condenas, y hemos excarcelado
a más gente en dirección a grupos terapéuticos del exterior
de la cárcel que todas las prisiones de Madrid”.
–¿Cómo reclutaron a los primeros internos?
–Tratándoles como personas. Y dándoles algo a cambio. El
interno viene por interés. Les ofrecíamos algún vis a vis
especial. Y ellos se comprometían a consumir menos.
Habían lanzado el anzuelo. Los internos confiesan que
llegaron a la UTE con la intención de sacar algo en limpio.
No eran presos sumisos. Eran toxicómanos. Incorregibles
procedentes del módulo de aislamiento. Buscaban calidad de
vida y beneficios penitenciarios. Algunos estaban muy
enfermos de sida, como Isaac, que hoy se encarga de la
escuela de salud del módulo: “Tengo anticuerpos desde 1989,
y hepatitis. Cuando vinieron a buscarme a la enfermería
estaba para morirme; había tenido meningitis y tuberculosis.
Llevaba desde chaval chutándome. A mí me salvaron de la
muerte. Y hoy mi motivación es rescatar a gente que está
como estaba yo. Esta enfermedad es muy psicológica: si tú te
deprimes, tu sistema inmunológico se deprime. Hay que pensar
en positivo, y ayudar a la gente con sida te hace sentir
positivo”. Ramón, de 40 años, 23 en la cárcel, trabaja a su
lado. “En otros módulos te llaman sidoso, se apartan de ti.
Yo he estado tirado en los patios de la mitad de las
cárceles de España. Y aquí los compañeros se ocupan de ti.
Te recuerdan cuándo tienes que tomar los retrovirales, te
buscan la mejor ración si estás mal del estómago. En este
módulo todos somos iguales”.
Cada uno llegó por un motivo. David venía con la idea de
fugarse; Carlos, la de desengancharse “y seguir traficando,
porque si traficas y no te metes, te haces de oro. Lo que
pasa es que esto es un proceso. Al principio no te crees
nada. Piensas en dejar la droga, pero darte una fiesta de
vez en cuando y trapichear un poco; pero luego hay un
compromiso con la gente; te sube la autoestima, comienzas a
confiar en ti y otros también confían en ti. Y no les
quieres defraudar. Hasta que decides romper. Y te cuesta
muchas lágrimas. Lo importante es cambiar, no los motivos
por los que vienes aquí”.
El módulo 2 proclamaba en 1994 su independencia como espacio
libre de drogas. “Yo lo defino como un movimiento de
liberación dentro de la cárcel, protagonizado por los presos
y los vigilantes”. ¿De dónde sacaron Tino y Begoña este
modelo? No hay modelo. No hay un diseño previo. Ni dentro,
ni fuera de nuestro país. Y menos aún con presos
conflictivos. El procedimiento fue brotando día a día. Luego
comenzaron a agotar etapas. En 1998, cuatro internas que ya
trabajaban en el módulo 2 fueron invitadas a quedarse. Hoy
ya son 30 mujeres. Ese mismo año liberaban el módulo 1. En
marzo de este año se hacían con el módulo 4. Ahora ya están
trabajando en el módulo 3. Esperan que esté listo a lo largo
de 2006. El día que lo consigan, la cuarta parte de la
prisión de Villabona estará libre de drogas. Y de la ley del
silencio.
La liberación del módulo 4 tiene un enorme valor añadido: en
él había internos condenados por delitos sexuales. Los seres
más despreciados en una cárcel. En su particular código de
honor sólo merecen el desprecio y la muerte. No hay que
olvidar las 113 puñaladas que le propinaron a José Antonio
Rodríguez Vega, “el asesino de ancianas”, sus propios
compañeros en el patio de la cárcel de Topas (Salamanca) en
octubre de 2002. Nadie vio nada. “Convivir con violadores no
ha sido fácil, al principio nos repugnaba”, recuerda
Esteban, uno de los presos que liberaron el módulo 4. “Yo
tengo mujer e hijas, y no podía ni verles. Pero luego
piensas que detrás del delito hay una persona. Y que también
merecen que les ayudemos”.
Dentro del no-diseño de la unidad, la pieza clave es el
grupo terapéutico. Compuesto por 15 internos, es el centro
de su vida. Su ración diaria de cariño. Algo que muchos
nunca han tenido. “A la mayoría sólo les han dado hostias
desde que nacieron”, afirma Faustino. En cada grupo, con un
vigilante que hace las funciones de tutor y varios internos
veteranos que actúan de apoyos, el preso vive, comparte sus
problemas y es escuchado. Nada más llegar escribe una carta
de presentación al resto narrándoles su vida. En el grupo
también es amonestado cuando se pasa de la raya. Sin
contemplaciones.
Lo que ocurre a menudo. En la UTE, la vida no es fácil. No
es sólo romper con el pasado. “Mirarte al espejo y darte
cuenta de que no te gusta lo que ves”. Es comprometerse a
cumplir las normas. Las que nunca cumplieron fuera. Es gente
acostumbrada a saltarse las leyes. Y aquí no todos aguantan.
Un horario estricto en el que todo está medido: el trabajo,
el ejercicio, la escuela, el grupo de autoayuda. La
limpieza, la educación, la sinceridad. Las comunicaciones.
Algunos tienen prohibido hablar con sus familias si suponen
un mal ejemplo para su terapia. Ni con su pareja. El dinero
les está controlado. Y la medicación. Un conjunto de leyes
que los veteranos entregan a los aspirantes en el momento de
su ingreso al módulo, y que deben firmar. Si las incumplen
pueden ser expulsados. Una decisión que es tomada entre los
profesionales y los internos.
¿Tiene puntos débiles el proyecto de la Unidad Terapéutica y
Educativa? Los detractores hablan del personalismo de
Faustino García Zapico. De su falta de base metodológica, de
haber dado alas a vigilantes como si fueran terapeutas
saltándose el escalafón. Y la burocracia. También está en la
cabeza de todos que las mafias se hagan con el control de la
UTE y todo el proyecto se desplome como un castillo de
naipes. Faustino no oculta que estuvo a punto de ocurrir a
principios de este mismo año: “Un narcotraficante llegó a
convertirse en una persona de nuestra total confianza. Nos
engañó. Y contaminó y arrastró a gente. Pero al final, el
sistema funcionó: sus propios compañeros le denunciaron y
expulsaron”.
Hoy, 20 meses después del cambio de Gobierno, el viento
parece soplar a favor de la Unidad Terapéutica y Educativa.
En los últimos meses, funcionarios de las prisiones de
Madrid VI, Alicante II y A Lama (Pontevedra) han visitado
Villabona para reproducir su proyecto en sus cárceles. Desde
Instituciones Penitencias confirman el apoyo de la directora
general, Carmen Gallizo, a la iniciativa de Villabona.
Pero aún queda una pregunta en el aire: ¿qué pasará con
Baltasar, Liliana, Fredy, Andrés, Pilar, Nemesio, Julián y
los otros cuando abandonen esta burbuja, cuando salgan a la
calle? Faustino responde: “A los que valen, a los que se lo
han trabajado, nunca les dejaremos solos. Vamos a estar
detrás de ellos para que salgan adelante”.
Un ejemplo es Carlos, que cada mañana abandona la cárcel
junto a cuatro compañeros para asistir a las clases de la
Fundación Laboral de la Construcción, a las afueras de
Oviedo, donde aprende un oficio para el día de su
excarcelación. Es también una buena ocasión para enfrentarse
a la realidad del exterior: “Imagine cómo nos sentimos
cuando los compañeros de la fundación, con toda su buena
intención, nos ofrecen un porrito, una caña, o se ponen a
hacer planes para el fin de semana. Y tú te tienes que
volver a la cárcel”.
Carlos tiene 45 años. Lleva 24 en la cárcel. Estuvo nueve
años en celdas de aislamiento. Rodeado de etarras,
islamistas y asesinos. Secuestró a funcionarios. Se
automutiló. Era un líder. Pero en dirección contraria. “He
luchado contra el sistema, pero siempre con las armas
equivocadas. Llegué a la unidad para pillar. Como el que
echa una quiniela. Esto me parecía un circo. ¿De qué van?
Desmontarme mi historia me costó más de un año. Tenía una
armadura muy gorda de desconfianza. No entraba en crisis. Me
callaba lo que debía soltar. No me abría. En una de ésas le
pegué un cabezazo a una ventana. Y ahí empecé a mirarme a mí
mismo. Vi que mi imagen de duro sólo servía para ocultar la
mierda que era. Tuve que empezar de cero. Romper el rechazo
que me inspiraban los carceleros. Se te van cayendo barreras
y un día decides rehacer tu vida”.
–¿Cómo ve el futuro? ¿Tiene miedo a salir a la calle?
–Ya no. Tengo ganas. Quiero tomar las riendas de mi vida.
Enfrentarme a las responsabilidades que nunca he tenido. Yo
tenía mentalidad de delincuente, y ahora valoro cosas que
antes ni me daba cuenta. Vivir el día a día, disfrutar lo
pequeño, no ser esclavo de nada. Me tumbo debajo de un
árbol, cierro los ojos, acaricio la hierba, y me emociono.
Son 24 años de cárcel.
Reunidos en una parroquia de Oviedo, como los opositores
durante el franquismo, una docena de antiguos internos del
módulo 2, Carmen, Juan Carlos, Pilar, Jaime, Hidalgo,
Alberto…, reinsertados, con trabajo e hijos, constatan que
la vida en la calle no ha sido fácil. “Somos toxicómanos y
ex presidiarios, y la sociedad para nosotros es como el
monte para un pez; tenemos que aprender todo de nuevo”. “Mi
vida era la noche, las prostitutas y los traficantes. A la
hora que voy a la obra, antes me acostaba después de una
juerga”. Pedro era todo un personaje entre el hampa
asturiana. Boxeador, proxeneta, narcotraficante. Simpático.
Un as con las mujeres. Un tipo respetado en los bajos
fondos. “Pero estaba vacío. Intenté suicidarme varias veces.
Me ponía hasta arriba. Tenía todas las adicciones. Mi
destino era el cementerio”. Acabó en la cárcel. En el módulo
2, Pedro lloró y rabió. Hasta que explotó. “Si no fuera por
la caña que me dio Tino, me hubiera acomodado y no hubiera
reventado. Me llevó hasta el límite. ‘¡Pégame una hostia si
quieres!’, me decía. Y yo quería embestir contra la pared.
Hasta que lo conseguí.
–¿Y ahora?
–Soy feliz. Como un niño. Trabajo en la construcción y no
tengo ni para comprarme un coche, pero vale la pena. Me he
dado cuenta de lo que cuesta ganar el dinero. Y lo cojonudo
que es tener 100 euros para gastar. No desperdicio ni un
céntimo. Me acuerdo cuando iba de marcha, abría el maletero
del BMW y sacaba fajos de dinero, y no sabía ni lo que
había. Dinero sucio. Ahora me he comprado una tele y la
tengo que pagar en tres plazos. ¡Es mi televisión! Y me
siento delante de ella y lloro de felicidad. Por primera vez
en mi vida soy feliz”.
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